Mi mundo

¿Indeciso yo?
Si nos paramos a pensar unos segundos, nos damos cuenta que todos tomamos una infinidad de decisiones diariamente. Por suerte, lo hacemos sin darnos cuenta de ello, en la mayoría de los casos, de una manera inconsciente o dedicando muy poco tiempo a reflexionar y meditar.Hoy, que me pondré? Donde comeremos? Ir en tren o coche en el trabajo? Pero no todas las decisiones son tan sencillas. A medida que crecemos vamos tomando responsabilidad sobre lo que nos pasa y las decisiones se vuelven más complicadas: llega un día que debemos decidir qué estudiamos, queremos ir a la universidad? De qué queremos trabajar? Queremos casar y tener hijos? Tenemos la libertad para decidir sobre nuestra vida y esto se puede convertir en un dolor de cabeza.Esta situación nos hace plantearnos dos preguntas significativas. La primera: 
¿Qué hace que la toma de decisiones sea un problema y sea causa de malestar? Y segunda: ¿Qué hacemos y cómo reaccionamos las personas cuando nos encontramos ante una decisión complicada? 
Respondiendo la primera pregunta, lo que puedo constatar es que, efectivamente, tomar decisiones es difícil, y de vez en cuando pasamos malos ratos tratando de discernir entre lo que puede ser más indicado para nosotros en un momento dado. Si la situación se alarga y se cronifica, puede pasar meses, incluso años, tratando de escoger el camino "más correcto", y llegar a sufrir un importante malestar, con consecuencias para nosotros y para nuestro entorno más cercano . Algunas de las dudas más importantes tienen relación con la pareja y el trabajo, un cambio en cualquiera de estas áreas se convierte en un importante quebradero de cabeza y un trasiego para quien tiene que dar el paso.
Todos somos víctimas de la indecisión en un momento u otro de la vida y, generalmente, lo que la motiva está relacionado con una marcada miedo de las consecuencias que se deriven de nuestra decisión.Los problemas comienzan cuando buscamos la decisión más correcta, normalmente aquella a la que atribuimos un menor riesgo de error y que pensamos que nos da más garantías de éxito. Detrás de cada decisión hay un riesgo de equivocarse, por lo tanto, hay que estar preparados para tener pérdidas y / o fracasos. Aquí empiezan los problemas, y es que, muy probablemente, tenemos mal entendido lo que es decidir.Cuando tomamos una decisión partimos de unas ideas que por sí mismas conducen a la indecisión:Lo queremos todo y nos cuesta entender que decidir no es obtener; decidir es renunciar, y eso es lo que nos cuesta. Incluso cuando las cosas salen bien hacemos alguna renuncia. Aceptar ese trabajo tan deseada quizá implica un nivel mucho más elevado de estrés, más horas de trabajo o incluso un cambio de residencia.Asumir que la vida tiene sus límites, que la mayoría de los factores no están bajo nuestro control. Por suerte, en la vida no hay sólo dos caminos, las opciones son muchas y las alternativas, variadas. Hay cosas que sólo podremos descubrir una vez comenzamos a caminar y experimentar: Acepto esta nueva tarea? Me irá bien? Será la oportunidad de que yo tan esperaba? Aunque no nos guste la idea, todo lo que nos pasa no depende de nosotros mismos. El contexto, las personas que nos rodean, hechos inesperados pueden dar un giro de ciento ochenta grados en muchas de las decisiones que hemos tomado meditadamente.Hay que dejar un espacio para que la vida nos sorprenda!
Este elemento de control está muy relacionado con la segunda pregunta: ¿Qué hacemos las personas para tratar de solucionar el problema de la indecisión? Habitualmente utilizamos dos estrategias opuestas en la forma pero similares en el fondo:La primera: buscar máxima seguridad. Pensar y sopesar, y entrar en un bucle de pensamientos y racionalizaciones. Las personas tratamos de considerar todos los riesgos y de evitarlos antes de tomar una decisión. Nos quedamos «colgados» entre pensamientos que hacen que nos angustiamos y que nos resulte imposible decidir.La segunda: puede suceder que llegados a un punto y por agotamiento nos «dejamos llevar», entonces lo que hacemos es confiar en que las circunstancias caerán por su propio peso, o bien dejar que otro decida por nosotros, decidimos «no decidir». A veces puede ser una buena estrategia, pero si es generaliza tiene sus peligros, y es muy probable que acabamos dejando de sentirnos los patrones de nuestro barco y comenzamos a pensar que todo lo que nos pasa es fruto de la buena o la mala suerte, dejándonos atados de pies y manos sin poder coger el timón y redirigir nuestra vida.Sin embargo, la duda no siempre hace referencia a aspectos centrales de nuestra vida, a nuestro alrededor encontramos también aquellos eternos indecisos, personas que encallan en todas y cada una de las cosas que tienen que decidir y quedan prisioneros de sus pensamientos y un razonamiento excesivo.El porqué de las indecisionesEn estos casos a menudo el origen de la indecisión está en una falta de confianza, una elevada autoexigencia, o bien una tendencia exagerada hacia un perfeccionismo que podríamos calificar de radical. Si eres uno de ellos, necesitas tener presente:
Aprender a ver los errores como lo que son, porque un error es una oportunidad para aprender. No darle tanta trascendencia. Has equivocado: acéptalo, rectifica y relájate.

    
Proponer metas realistas y alcanzables. Sólo hay una manera de subir el Everest, paso a paso. Incluso los retos más exigentes y espectaculares requieren tiempo, esfuerzo y una buena dosis de paciencia.

    
Comparar sí, pero pone la lupa en el proceso y no en el resultado. Recuerda que hasta aquellos que más admiras han tenido que tropezar en el camino y fijarse como lo han hecho para levantarse; aprende también de ellos.

    
Deja de ser tan duro contigo mismo. Sí, no eres perfecto, lo es alguien a tu alrededor? Exiges también que los demás lo sean o eres más condescendiente con ellos que contigo mismo? Piensa que tus defectos y tus carencias son una parte de ti. Trata de corregir algunos de tus defectos, pero intenta también integrar a otros como parte de tu carisma y personalidad. Recuerda: la perfección no gusta, es poco humana, no quieras convertirte en un robot.

    
Valora y ama tu diferencia, no tienes que ser igual que el resto, es en esta diferencia donde puedes encontrar tu valor añadido. Cuantas más personas conozcas en profundidad, más te darás cuenta que todos tenemos nuestras dificultades y defectos, también nuestros valores positivos. Esto ayuda a relativizar todo un poco más.Algunas elecciones son más difíciles de hacer que otros, pero todos, en mayor o menor medida, tenemos que tomar decisiones cada día. Tomar tiempo para valorar las diferentes opciones y permitirse dudar sobre algunos aspectos poco evidentes de las mismas, puede ser positivo y de gran utilidad. En cambio, si cedemos a la indecisión crónica, dejaremos que la duda nos corroa y seremos incapaces de hacer nada.

Decidir es también saber parar los pensamientos y dar un paso adelante escuchando nuestra intuición y confiando en él un poco más. La felicidad no depende de lo que conseguimos, no es un objetivo, es una actitud, es la manera como queremos pasar por la vida, y nos ayuda a mantenerla el hecho de fijarnos, día a día, en aquellas pequeñas cosas que a todos nos pasan y nos despiertan una sonrisa.   

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